Reciclar

         

          Qué hartita me tienen. Los defensores del pueblo, el progresismo y el izquierdismo de pro no se cansan nunca. Pongámonos en antecedentes: Resulta que Sostres ha escrito un artículo sobre Labordeta. Bueno, no sobre Labordeta porque habla poco de él, pero lo utiliza como centro de su argumento. Nos habla del modelo político de la mochila y la excursión como algo caduco, y de la necesidad de abrirnos a una sociedad menos naturista y más adulta para prosperar como país. Se mofa, con una ironía muy fina, del idealismo comunista, del ídolo cantautor y la granja como alternativa sana de la gran ciudad. Se ríe, como de costumbre, de casi todos, y ahí están los lobos demócratas pidiendo su cabeza.

       Esgrimiendo canciones que huelen a rancio, pretenden juntar demasiadas harinas en un solo costal. Si Labordeta fue un héroe o un pringado no me toca a mí decidirlo, pero le reconozco agallas, temple y sentido del humor. Los tenía muy buen puestos. Se defendió de la caspa, la sobrevivió casi toda y jamás le tembló la voz. Ojalá nuestra clase política aprendiera de su entereza.  


       Pero los tiros no van por ahí. Sostres le nombra para poder jactarse de los eco-bio-socialistas, porque hay motivos sobrados para hacerlo. Tanto reciclaje y tanta mandanga les ha sorbido el seso, y no comprenden que no nos gusten los esplais, ni la vida en el campo, ni la cantimplora sostenible. Existe un carné de joven de izquierdas que te enchufa el pendiente, la cresta y los pantalones cargo, sin preguntar. Sobretodo si eres catalán. Si no pareces paleto hablando en castellano te mirarán mal, y si no vas en bici, no te pasarán la cerveza. Si no ves cine iraní, es que no estás en la onda, y si se te ocurre vestirte como un humano, eres un pijo capitalista. Estos son los que, en las manifestaciones en contra de la guerra de Irak, quemaban el tabaco de marca americana por "colaboracionista" - aunque fuera de Andorra, total, ni se enteraban. Los mismos que van a participar de la huelga general del 29-S, los que se quejan de la tasa de paro, pero lo cobran tan contentos. Los que reclaman el derecho a la vivienda pero lo confunden con el esfuerzo de pagar un alquiler. Los que nos aterran con el calentamiento global, pero se pasan el día fumando porros.  Los que han hecho huelga siempre para todo, ansiando la carga policial, la represalia para salir en la foto. Eso sí, reciclan.


     Los demás seguiremos trabajando, en silencio y con miedo, pensando que la izquierda es algo más que un montón de pies negros sin ganas de nada. Creyendo que nuestro potencial es nuestra mejor arma, y aceptando con la sorna necesaria, artículos como el de Sostres. Porque debemos empezar por reciclarnos a nosotros mismos.

No, gracias.

    No se lo pierdan, resulta que además de dedicarnos un día al año, ahora a las mujeres, nos van a enseñar a ser libres. Nos mostrarán cómo vestir sin atentar a la dignidad o a la moralidad, pero sobre todo, cómo no hacerlo. A saber: No podemos taparnos la cara, ni llevar velo en según qué espacios públicos, no podemos cubrirnos con mantos largos -sobretodo si son oscuros, porque se ve que eso, nos priva de libertad. Pero sí podemos pasear prácticamente desnudas, podemos pintarnos como mapaches, hacernos crestas, rastas, trenzas, o lo que se tercie. Podemos ir descalzas o intentar mantener el equilibrio en tacones altos, pero no se nos ocurra ponernos un velo. Se supone que el velo no lo escogemos, pero los tacones sí. Pero a mí me cuesta creer que nos vistamos para nosotras, me cuesta mucho. Porque los tacones duelen. Y eso es así en todas partes. Nos vestimos para nuestro entorno, y si ese entorno lleva burka, estaremos acostumbradas a llevarlo,del mismo modo que hemos vuelto a las converse y a los pitillos.

Ya puestos, yo alargaría un poco más la lista. Prohibiría los tangas al descubierto, los tirantes transparentes, los calcetines blancos, las ombreras, el estampado de tigre y los vaqueros con cazadora a juego, porque me parecen un atentado al buen gusto. Y porque no creo que la dignidad de nadie se mida por los centrímetos de carne que enseña. De ser así, Pamela Anderson sería la mujer con más dignidad del planeta,mucho ojo.

Rosa de España

     
      Por alguna razón que desconzco, se han repetido estos últimos días en televisión, las imágenes de Rosa Díez en la Universitat Autònoma de Barcelona. Y tengo que admitir que me fascinan. Paraguas en alto, Díez se abre paso entre la multitud iracunda, que la insulta y la agrede, hasta llegar al coche, desde donde nos lanza una mirada altiva, conspicua y resignada. Bravo, señores de UPyD, bravo.

      Con lo insustancial de su programa político, Unión Progreso y Democracia - Nunca se fie ud. de un partido que incluye en sus siglas la palabra democracia, porque si tiene que reafirmarlo vamos mal, ha conseguido situarse en la actualidad. Ya no en un plano principal, okupado por concejales mafiosos y congresos de mujeres africanas, pero sí se ha hecho visible, ha rascado sus minutos de gloria, que nunca está mal.

       Eso sí, si se fijan, en ningún medio se ha dado a conocer de qué trataba la conferencia de la señora Díez. Sabemos que habló, rodeada de seguridad y de un decano que chorreaba pintura, pero no sabemos de qué. Así que la noticia no era su conferencia, de hecho podría haberse dedicado a la mímica dentro de esa aula de máxima seguridad. Lo reseñable fue cómo la recibieron. Como si les pillara por sorpresa...y ahí estaban las cámaras para atestiguarlo. Un buen plan, sobretodo porque esas imágenes iban dirigidas a quienes no han pisado ni pisarán nunca la Universitat Autònoma. Cualquier catalán podía haberles ahorrado el viaje, porque era fácil de preveer que se iba a liar, y bien gorda. Invitar a Rosa Díez a la universidad catalana es como invitar a Pilar Rahola a un acto pro-palestino, uno ya sabe que no funcionará.

      No fue la primera vez que ocurre algo así, ni será la última. Sánchez- Camacho sabe muy bien porqué lloró en la Pompeu Fabra, nadie tuvo que explicarle a Pujol porqué le interrumpían constantemente en la Plaça Cívica, y supongo que no se sorprendería demasiado Aznar al ser el centro del episodio de las porras y las sillas voladoras. Se trata pues de un ejercicio de distracción que hasta un escolar podría detectar. Tendrá que hacerlo mucho mejor UPyD si quiere alguien la tome en serio. No lo sé, que organice un congreso de algún colectivo muy puteado, pero que mucho. Víctimas del nacionalismo y el separatismo, o damnificados por las declaraciones de Carod Rovira. Y que se de prisa porque el que se mueve no sale en la foto.

Parece que hay un incendio

           
                  Ya llega. Puedo oír la madera crujir bajo sus botas. Ya está aquí. El camino es angosto pero recto, no le habrá llevado más que unos minutos encontrarme. Alrededor de la casa, el olor a tierra húmeda es muy fuerte. No se recordaba en la zona una temporada de lluvias tan intensas. Bajar del caballo y hundir los talones en el barro, marcar el paso -esta vez no habrá perro guardián para morderle los tobillos- entrar en el porche, pisar fuerte la madera desgastada.

            No he oído el chasquido de la báscula, aún no sabe donde estoy. Comprueba las ventanas del piso principal, no se le ocurre que la puerta pueda estar abierta. Si tuviera algún vecino, encontrarían mi cuerpo mucho antes.Parece que ahora sí, la puerta se ha abierto sin dificultad. Desde aquí abajo no alcanzo a calibrar la incredulidad de sus cejas, pero puedo pintarlas sin problema en mi cabeza.

           Poco a poco lo entenderá. Sus pasos se ahogarán en la paja y prenderá una luz para descubrir el suelo dorado. Cerca de la chimenea brillarán las cabezas de las cerillas, pero sólo al acercarse a la pared de piedra rojiza distinguirá la cajita amarilla. Dentro, un anillo. Oro blanco, con una perla engarzada. De un mal gusto espantoso. Pero hace demasiado que no se oye nada. No estará dispuesto a irse hasta que acabe conmigo, por eso le espero aquí, fumando uno de sus puros, consciente de que quiere matarme. A menudo se subestima la valentía de los que morimos voluntariamente. Él viene a matarme, yo quiero morir.

       Ya ha encontrado la caja de cerillas, quizá es tan rastrero como para guardarse la sortija, como trofeo. Puede que hasta me dedique un par de segundos de silencio, frente a la chimenea, de pie y con el brazo en lo alto del estante, la mirada en las chispas. Podrá ir encendiendo cada una de las cerillas y darle muerte a los objetos que le recuerden a mí. Las fotos sobre todo, y la ropa. Todo aquello que huela a quién soy. Le oigo reventar cristales, destrozar muebles, desmenuzar libros. Los golpes que hacen temblar el techo vienen de la cocina. Ahora entra en todas las habitaciones, mira en armarios y cajones, como si yo pudiera meterme ahí dentro. Empieza a hacer calor, ya sólo le queda mirar aquí.


             -Hola hijo de puta, te estaba esperando. Sabía que vendrías a prenderle fuego a mi casa, a nuestros recuerdos. Una Remington hará tu trabajo, como de costumbre.

      Siento el acero en la sien y la ira en la punta de los dedos. Adiós hijo de puta.

Bilingüismo pretencioso

    Me preguntan a menudo porqué escribo en castellano. Siempre me sorprendo de que no lleguen a una conclusión por sí mismos. Porque sé. Lo que no quieren preguntar es porqué no escribo en catalán. También lo hago, pero una vez has elegido el castellano, pasas a ser de esos que no quieren lo suficiente a su país ni a su lengua y escriben en la lengua del Imperio. Pasas a ser parte de Los Otros. Pamplinas,digo yo. Elijo en qué lengua escribo porque soy competente en ambas. Pero no competente de pacotilla, no capaz de traducir del español. Mi lengua materna es el catalán. Lo he hablado en casa, en la escuela, en la universidad. No es que le importe a nadie, pero quiero dejar bien claro que no soy cataloparlante "en escreix", como diría uno que yo me sé.


      Dicho esto, me parece interesante que me hagan esa pregunta. Sé el español suficiente, y el catalán suficiente, y creo que el inglés suficiente, incluso el francés suficiente para escribir algo decente. No le veo problema si no es que lo miramos desde la óptica del bilingüismo pretencioso. Ah, que palabra más engañosa: Bilingüismo. Parece algo bueno, pero luego es algo malo, muy malo. Tan malo, que se defiende en pos del monolingüismo de siempre. Me explico: En Catalunya,hay ciudadanos que piden la escolarización en castellano de sus hijos  -la pública se entiende, porque en la privadas cada uno hace lo que le place. Algunos padres claman al cielo porque sus hijos no tienen derecho a ser escolarizados en castellano, la lengua que eligen ellos. Su bandera es el derecho universal de todo ser humano a estudiar en su lengua materna. Hasta ahí bien. Ojalá pudiera ser siempre así. Pero es que hay un subtítulo, una entradilla. Exigen el derecho a ser escolarizados en su lengua materna,pero no en urdú, ni en árabe, rumano o caló, sino en castellano. Se ve que el derecho universal funciona a veces, es como un intermitente. Y entonces se excusan: "Es que el español es oficial en Espana, el urdú no". Bien, entonces no apelemos a un derecho universal individual, apelemos a los derechos lingüísticos. Las cosas por su nombre. Queremos que nuestros hijos estudien en español porque es oficial en España y tienen derecho a ello. Eso ya es otra cosa. De todos modos, y aunque la lógica de tal argumento es aplastante, también es un tanto demagógico. Hay que abrir mucho la boca para hablar de derechos, y casi siempre entran moscas. En España hay una lengua oficial, en Cataluña hay dos. Por lo tanto, se pretende un sistema en el que segreguemos según el idioma.¿ Es eso lo que quieren?


        El sistema actual, la inmersión lingüística, tiene su razón de ser. Que es la de compensar el falso bilingüismo catalán. En Cataluña sólo hay un tanto por ciento de ciudadanos bilingües: los que hablamos catalán y castellano. Los demás sólo hablan castellano. Es falso por tanto, este bilinguïsmo de pacotilla. La inmersión linguistica está ahí precisamente para que todos hablemos y escribamos -mejor o peor, las dos lenguas. Ese es, por tanto, el objetivo común. ¿ Importa entonces cómo lo hagamos? Parece que sí. Parece que hay censura, odio y repulsa al castellano. Pegamos a los niños en los recreos, ponemos multas a los restaurantes, pedimos traducciones innecesarias en los juicios. Más allá de las barbaridades que corren por ahí, parece que a estos mismos le sorprenda que queramos ser entendidos en nuestra lengua en nuestro propio país. Porque les aseguro que a veces es muy complicado. Es casi imposible ir al cine en catalán, es difícil relacionarse con la administración en catalán, es complicado perdir un "cafè amb llet" y que no te lo traigan "amb gel". Y una larga lista de etcéteras. Por eso nos hace gracia cuando un vallisoletano nos acusa de discriminar el castellano.


        Otra cosa es lo que reflejen los medios de comunación. Una parte ínfima de la realidad, en que a uno no le entienden en castellano en Sant Climent sa cebes, o donde un Camerunés habla un perfecto catalán en dos meses. Lo que no nos enseñan son quienes llevan cuarenta años aquí pero no saben ni pedir el pan. Que alguien me enseñe donde está el bilingüismo aquí. El argumento escondido es: En español porque estamos en España. Es lo que quieren decir. Pero les cuesta, a la vista de la realidad frágil del catalán, usar esos argumentos otra vez. Quieren ser modernos, quieren ser demócratas. Les cuesta entender que en España, se escolarice en catalán. Y los argumentos son los de siempre.

Sin Perdón

       
       Tres artículos en la prensa de hoy me han llamado la atención. A pesar de publicarse en medios acérrimamente opuestos, Avui y Factual, tienden hacia el mismo punto. El primero "L'esquerra cega" que firma Joan B. Culla; el segundo, un breve de Jose Antonio Montano, llamado "Alianza de Civilizaciones" y el tercero "Amb els Reis, vigila" firmado por el apátrida Salvador Sostres,que publica en su blog pero que colabora ahora con Factual. Se parecen porque los tres hablan desde la tarima, porque no opinan, sentencian.


        El señor Culla defiende que la Izquierda está ciega, que su odio visceral a Estados Unidos - e israel por extensión, la convierte en dogmática, falaz y asesina. En clave de Guerra Fría, uno sólo puede estar con los dictadores comunistas o a favor de la libertad y la coca-cola. Pero aún va más allá,y ahí entronca con Montano. Muestra una preocupante ignorancia respecto al mundo árabe, y sobretodo, y lo que es más grave, respecto el Islam. Afirma Culla que a los progresistas les importa más la detención de un dirigente español de Greenpeace que la muerte de miles de manifestantes en Teherán. Está convencido de que los manifestantes quieren derrumbar el régimen islamo- fascista, pero eso, a los "multiculti" no les interesa, porque están del lado de Palestina, de los malos. Que callan al presenciar el trato lastimoso que reciben las mujeres o la aplicación de la Sharia(por parte de Hamas) en la franja de Gaza. Y Olé.
Creo que no se ha parado a pensar si Mussavi y sus seguidores son tan o más partícipes del poder que el actual gobierno. Recordemos que Mussavi es ex-primer ministro de Jomeini, por lo que no tuvo que pasar por ningunas elecciones. Me parece un tanto ingenuo pretender que los manifestantes quieren derrumbar la república islámica, en todo caso, el conservadurismo insultante de su presidente, pero eso está por ver. Respecto a lo de Gaza y Hamas, sencillamente creo que nos toma por idiotas. No tiene nada que ver un tema con el otro, pero agitándolos todos se saca de la manga un combinado de lo más efectivo. No sé si hay colectivos feministas en la Franja de Gaza o tan sólo no se los ve. En cualquier caso, sería muy frívolo pensar que sin derechos humanos, sin agua, sin comida, y sin tierra, se preocupan más por ese tema.



          Montano quiere ser mucho más metafórico contándonos la vergüenza con que le mira un magrebí que compra alcohol en un supermercado chino; suponemos que quiere que entendamos: 1- Que el magrebí es musulmán. 2-Que existe contradicción entre beber alcohol y ser musulmán y 3- Que la depenedienta china se da cuenta de tal contradicción y por eso sonríe.


          No estoy segura de ninguna de las tres. La primera porque ser magrebí no implica ser musulmán. Segundo porque si lo fuera no tendría prohibido comprar ni beber alcohol. Por enésima vez, el Corán les dice a los fieles que no se excedan con las bebidas que nublen su juicio. Todo lo demás es tradición y convención social. Cualquiera que haya paseado por un país con mayoría musulmana se dará cuenta que hay más licorerías que bibliotecas. Como aquí. Y cualquiera que sea invitado a una conferencia o reunión en un país estranjero, sabrá que con una botella de alcohol se gana la confianza de cualquiera, como aquí. Pero el magrebí avergonzado le hace mucha gracia al señor Montano, que cree que, al estar en occidente, este morito puede emborracharse sin problemas. Lo que me ha sorprendido más aún, ha sido la relación que establece con la dependienta. ¿Acaso no sabe que un comerciante asiático sonríe el 99,9% del tiempo? Está seguro de que esa señora ha entendido lo mismo que él y que le sonríe cómplicemente? Sinceramente, lo dudo. Sobretodo porque no tiene motivo, ni el uno ni la otra comparten (teóricamente) religión con él.
            La guinda a la jornada la pone Salvador. Tan irritado por su despido del Avui, que arremete contra todo lo que huela a progresismo. Desde su blog, que me fascina cada día más, nos deleita con un breve en el que irónicamente nos advierte sobre los males de los Reyes Magos, esta tradición infecta de los "empleados de Al-Qaida" No tiene pérdida. Traduzco del original:  "Estos Reyes, que hay uno de negro y uno de rubio: puro relativismo, cuando todo el mundo sabe que el blanco es el único de verdad y que los otros dos los añadieron para quedar bien. Los Reyes de Oriente son el símbolo del conflicto y legitiman un lugar en el mundo desde donde hace mucho tiempo que sólo salen terroristas" Y aún otra perla: " Si los Reyes Magos tuvieran tiempo, hoy, al niño Jesús, más que adorarlo lo matarían, siempre después de violarlo". Espero que El Mundo sepa lo hace.

El burka o la vida

La propuesta de ley del UPM francés para prohibir el uso en lugares públicos del "velo intregral", ha reactivado el debate sobre las libertades religiosas en países laicos como Francia. Por "velo integral" se entiende el burka afgano o la abaya con hiyad (que proviene de Arabia Saudí), aunque por extensión, se prohibiría cualquier prenda que cubra completamente el rostro. Una polémica similar se produjo en 2004 respecto al velo islámico que desembocó en una ley que prohíbe el uso de cualquier signo religioso en los lugares públicos, especialmente en las escuelas.

Cabe decir, sin embargo, que de todas las formas que tiene la mujer musulmana de curbirse la cabeza, ninguna es el "velo islámico".  De hecho, este concepto no existe como tal en el Corán. En ninguna parte se les exige a las mujeres cubrirse la cabeza, y mucho menos todo el cuerpo. Compruébenlo. El término hiyab aparece en el Corán en el sentido de "cortina", para separar espacios públicos de privados. La sura polémica es las siguiente: (24: 31): “...Y di a las creyentes que bajen la mirada y que guarden su castidad, y no muestren de sus atractivos sino lo que de ellos sea aparente; así pues, que se cubran el escote con el Jimar". que si por un lado pide que ellas cubran sus senos, y no su cabeza, por otro, recomienda que lo hagan, no con hijab, sino con Jimar que era el tocado común de las mujeres en la península arábiga. Por lo tanto, con el texto en la mano, no podemos afirmar que el islam obligue a las mujeres a cubrirse. Si bien es cierto que el Corán no es la única fuente de ley,  las sunnas (tradiciones práctica de la religión), los hadiths (dichos del Profeta recogidos después de su muerte) y  los sermones de los ulemas o doctores de la fe no se ponen deacuerdo, aunque para la mayoría de creyentes, el Libro Sagrado es completo y acabado, y el silencio que guarda en algunos temas es precisamente para dar un espacio al sentido común y respetar la libertad del creyente.

La Umma incluye a malayos, persas, kurdos, árabes, turcos, chinos, caúcasos, turcomanos, tayicos, etre tantos otros, por lo tanto, es un poco soberbio pretender una vestimenta común para todos. Las mujeres de muchas de estas comunidades no utilizan ninguna forma del velo, y siguen llevando sus vestimentas étnicas y tradicionales. Pero esta libertad no es suficiente para el gobierno francés. Sólo legislar en este sentido garantizará, dicen, que las mujeres musulmanas residentes en la república francesa, gocen de libertad  verdadera. Habría que preguntarse si no han ejercido este derecho ya al colocar sobre su cabeza o su cuerpo una prenda que saben polémica. Cada vez son más las musulmanas conversas, cada vez más las que deciden cubrirse la cabeza, por voluntad propia. Pero nos gustan mucho más las historias que llegan del Yemen o Arabia Saudí, donde se aplica la Sharia a rajatabla y donde efectivamente, no se respetan los derechos de las mujeres. Ahí acaba nuestra observación y empieza nuetsro juicio. La comunidad de musulmanes no puede deifinirse como un todo, del mismo modo que los cristianos piensan, actuan y sienten distiantamente en distintos lugares y con distintas tradiciones.  Abanderados de la libertad, aplicamos los mismos estereotipos que rechazamos en otros casos. Libertad no significa dictar leyes sobre cómo vestir, libertad no es, desde luego, prohibir el burka porque suponemos que son los padres y maridos quienes les obligan a ponérselo. Libertad no es prohibir a nadie llevar un pañuelo, una cruz o una estrella, sino todo lo contrario.

Pepe

         Todos callaban esperando una respuesta. Le observaban, ofreciendo la oportunidad que él sabía que no había de aprovechar. Poco podía hacer, así que lo dijo, de golpe y sin coger aire, guardándose de decir nada innecesario o confuso. Desde la tarima, Lurdes fijaba los ojos en la persiana del fondo, como si de repente ese objeto hubiese adquirido una importancia inesperada. Pablo en cambio, se le había acercado hasta burlar toda barrera de espacio personal, y se dedicaba a interrogarle los ojos. Miranda se había quitado las gafas y sollozaba, moviendo rítmicamente los hombros, que subían poco a poco hasta las orejas para caer a su altura natural, en un gesto más vulnerable que acosador.
       Finalmente alguien se atrevió a preguntar, y ella sabía que no había respuesta capaz de satisfacerlos. Así que no contestó. Repitió mentalmente:“Estaba muy cansado”.
       Le pareció que había andado atrás en el tiempo. Julia le recogía la chaqueta y Pablo le había vuelto a robar la estilográfica, cuando alguien había alertado de que Pepe no se movía. Lurdes había hecho chirriar la tiza en la pizarra, para que Pepe despertara de un salto y toda la clase alzara una carcajada que haría enfurecer a Don Diego. Pero Pepe no se había movido y Miranda se había acercado repitiendo su nombre, a modo de conjuro, para notar que tenía la piel escandalosamente fría. Apoyaba la cabeza encima de las manos, con los ojos entornados, posición habitual en él desde el primer día de clase, en que el bullicio no le impidió adormilarse.   Los segundos en que Miranda rozaba el cuello de Pepe con sus dedos lo habían cambiado todo para siempre. Como cuando su madre había entrado en la cocina, lo había subido a su regazo y le había contado que el abuelo Tomás era ya muy mayor, estaba muy cansado y se había ido para no volver. Ese trocito del tiempo en que Miranda giraba el cuello, aterrada, en dirección a la pizarra, Lurdes lo entendió y todos lo entendimos y un pequeño caos se formó en la clase de matemáticas, que ahora se sentaba en círculo, a la sombra del plátano, esperando la llegada de las autoridades, que se llevarían a Pepe para siempre.
          Pero todos le seguían presionando en silencio, y se le ocurrió que podría contarles que no había tenido elección. Había llegado pronto esa mañana porque su madre tenía que ir al banco. Pepe estaba en su sitio, bebiendo agua. Que no podía quitarse al abuelo Tomás de la cabeza, tomando café minutos antes de morir. En los zapatos de cordones simétricamente alineados con la mesita de noche y el pañuelo verde cariñosamente doblado encima de la almohada contraria, con la nota: “Estaba muy cansado”. Y en la pena que le había invadido el corazón, al entender que Pepe no iba a llegar a ninguna parte, y rodeando su cuello, apretó hasta que notó que no tenía que hacerlo más. Dejándolo donde estaba, callado como de costumbre, había permanecido unos segundos con los ojos cerrados, intentando ser consciente del clic que había hecho el universo a su paso.
            Nadie podría entender que no tenía otra opción, que Pepe no podía seguir dando esos tumbos, y se limitó a decir lo que creyó todos debían saber:

- Pepe ha muerto porque estaba muy cansado. El hámster Pepe se ha suicidado.

Alter Piglias

EL REGRESO
ALBERTO MANGUEL
BRUGUERA EDITORES
11€      

      Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) es una voz deudora del exilio.Y es por eso que conoce bien el significado del regreso. Ha vivido en Italia, Inglaterra, Tahití y Canadá, y actualmente reside en Francia, donde fue nombrado Oficial de la Orden de las Artes y las Letras por el gobierno francés; pero su argentinidad sigue vigente en cada uno de los ensayos, antologías o novelas. Una argentinidad que no sólo descubrimos en el empleo del Lunfardo, o en la convicción de que leer es siempre relatarse a uno mismo, describir las propias experiencias en palabras ajenas, sino en el tímido homenage que rinde a Ricardo Piglia.
       En Junio de 1977, afirma Piglia que regresaba a un Buenos Aires desconocido. Néstor Fabris, protagonista de El regreso, pretende encontrar en este relato que juega a ser cuento largo y novela corta, el Buenos Aires que dejó treinta años atrás. Con la excusa de la boda de su ahijado, al que nunca ha visto, Fabris aparca su apacible vida en Roma como anticuario para regresar al caos de su ciudad natal, donde se encuentra con una doble realidad. El temor de la dictadura y la amenaza explícita pero invisible que siempre es la represión, chocan con la normalidad y la vida cotidiana de un pasado que se le escapa de las manos.
       Reconoceremos en el Manguel más pigliófilo el estilo agresivo, la admiración por la baja cultura y el lenguaje posmilitar, incluso la certeza de que antes que escritor, uno tiene que aprender a ser lector. El autor nos insta a ser buenos lectores, y como tales, nos resultará sin duda curiosa la localización de las referencias literarias en este libro. Aparecen en los epígrafes. Podría sostenerse que estos pertenecen al mismo texto, como ya afirmó el autor y crítico Raúl Brasca, citando al libro de Alberto Manguel como la “fábula del eterno retorno”, porque actúan como la necesaria apelación al recuerdo, la convicción de que a falta de respuestas convincentes, no podemos olvidarnos de las preguntas. Los epígrafes son dos, y ambos apuntan en una misma dirección. El primero es de Milomgueando, de Enrique Cadímaco : “Museta, decime por qué...”; y el segundo, de La Eneida, es una invocación del poeta a la Musa, para que recuerde las causas del odio de Juno hacia Eneas. Manguel asume aquí que para trazar el regreso a esas fuentes de la Literatura es necesario ser un buen lector. Y si Piglia rebautizó al Che como el último de éstos fue porque estaba convencido de que la literatura, como tradición, debe cargar con cierto sentido ideológico, sea del color que sea. El frente que abriera en la literatura hispanoamericana Miguel Ángel Asturias con Los mendigos políticos ha convertido en necesarias no sólo las claves literarias sino también las políticas para desentrañar el significado del cuento posmoderno en el siglo XXI. Será por eso entonces que la ciudad ocupada que se le aparece a Néstor Fabris se convierte en una revisión del posmodernismo. Ese que “la cultura ha impuesto, legitimando al transgresor y al revolucionario, al individuo que se margina de la sociedad” según el propio Piglia, que asume también que “la cultura que supere a la moderna ha de ser una que no exalte los valores que buscan desintegrarla”
      Si Sarmiento defendía que la dicotomía civilización-barbárie se resolvía en Argentina con el triunfo inequívoco de la segunda, Manguel se empeña en batallar contra ese destino. Para él, el pasado “es sólo la invención del recuerdo que quiere ser permanente y que confundimos con algo inmutable”, pero en el presente aún es posible la lucha, la victoria. Al protagonista, el viaje le parece un ejercicio de nostalgia inútil, la prevista confirmación de que el pasado es inhabitable. No sospecha que su cuidad se ha convertido en un territorio fuera del tiempo donde amigos y enemigos, víctimas y victimarios, muertos y sobrevivientes regresan con la presuasión de los sueños a su Buenos Aires querido, ese que Ricardo, aún sin haber abandonado, nunca tuvo la esperanza de recuperar.



Los cinco

      
       Con el cloc del pestillo que pone punto y final a la discusión, Beth destensa los hombros y ladea la cabeza. Calcula unos treinta minutos de silencio, por eso elige al monstruito. Estira el brazo y sacude el polvo del lomo -le encanta el dramatismo del gesto, sonríe y piensa que las historias de miedo le ayudan a calmarse, sobre todo después del huracán Víctor.
       El ascensor ha tardado una eternidad en aposentarse en la planta baja, pero el móvil de Víctor no ha sonado. Le importa bien poco si izquierda o derecha, el frío petrifica y estremece, pero no va a acobardarse ahora. Rodillas, gemelos y tobillos siguen el ritmo suicida de las caderas; más allá prácticamente ya no siente nada. Busca un cigarrillo y vuelve a mirar la pantalla, casi por inercia, no atina a ver el bordillo y el resbalón le hace perder el equilibrio. Baja la cabeza y enfoca un semicírculo en la piedra, algunos números. Sonríe, una Rayuela.

        Ha encendido la radio para lavar los platos, pero no le presta demasiada atención; un anciano canturrea algo sobre un entierro a las cinco de la tarde. Observa su reflejo en la puerta de la secadora y maldice el momento en que le hizo caso para escoger las gafas. Aparta el pelo y persigue con las yemas el surco que deja la clavícula huesuda. Se da cuenta de que ya no hay más platos sucios, y al cortar el agua le sorprende un verso: Y un muslo con un asta desolada, a las cinco de la tarde.
       Ya se ha cansado de dar vueltas por el barrio y no le queda tabaco. Comprueba que la pila del Omega no se haya acabado, por comprobar, por ganar tiempo. Decide entrar en lo de Luis, que el cortado le devuelva el aliento, pensar en otra otra cosa. Cuando intenta sacar las monedas del pantalón se acuerda del bulto incómodo en la pernera izquierda. ¿Qué mierda de destino hace que esta mañana ella le haya deslizado El túnel por el bolsillo de los vaqueros? Es una novela corta, podría leerla para darle tiempo. Pero María Iribarne se le aparece con pecas, pecas por todas partes, y no consigue concentrarse. Busca con la mirada algún habitual para despotricar del partido del domingo, y se ve a sí mismo dentro de treinta o cuarenta años, empuñando un bastón y recordándola en cada mujer guapa, o porqué negarlo, en todas las que le crucen la mirada, y se acojona.
      El agua le resbala por la espalda y puede sentir como el vapor va llenando la habitación. En contraste con el blanco dañino de la bañera, su melena se ve mucho más rojiza, y no le da ninguna pereza cepillarse el cabello muy despacio, hasta que las púas de madera le duelan en contacto con la piel. Sabe que lo hace para acordarse de su padre, de esa voz rota que la embelesaba cuando le leía cosas que no entendía, y le daba igual. Pero ahora le importa, joder si le importa no haber vuelto a hablar con él. Se le escurre el jabón entre los dedos, tiene que trazar una danza estúpida para no dar de cabeza contra el mármol, y eso le recuerda de algún modo a Lucía Etxebarría; qué forma más estúpida de morir y qué Premio Planeta más inmerecido. Se envuelve como puede con el albornoz y desafía el frío del pasillo recorriéndolo a saltitos. Roba otra vez la camiseta azul y se calza los botines mientras se pone el jersey. De repente tanta angustia no la deja respirar.

      Las monedas pican contra el metal de la neverita anticuada de la barra, y Víctor le guiña el ojo a Luis, hasta mañana se entiende. En el asfalto se reflejan las luces que cuelgan de los postes, ¿No es demasiado pronto para poner las luces de Navidad? Vuelven a entumecerse los pies y piensa en la manta peluda, qué hija de puta ella que está calentita en casa. Dobla la esquina y le parece ver una moto alejándose avenida abajo, no puede ser. Acelera el paso para poder sorprenderla, seguro que se ha quedado dormida en el sofá, y podrá hacerse el enfadado un poco más, hasta que ella le clave la mirada y se desabroche la camisa, entonces ya no habrá vuelta atrás.
     Vuelve a olvidarse las llaves detrás de la puerta: se ha acordado justo antes de tener que avisar a la señora de enfrente. Se sentiría un poco violenta llamando a su puerta sin haberse siquiera aprendido su nombre después de tres años. Retrocede a tiempo y mete las llaves dentro del bolso, que pesa una tonelada. Se jugaría cualquier cosa a que le encontrará en la última mesa, y Luis le preguntará si le apetece una cerveza, aunque afuera haga un frío imposible. No podrá desabrocharse la camisa en el bar, pero ensaya en el espejo del ascensor un buena sonrisa. Apaga todas las luces y antes de salir arranca la publicidad del japonés del corcho y con lápiz de ojos le escribe: Me llamo Barro aunque Elisabeth me llame.

Carne de fetiche

      Uno entra en les Deux Magots, pasea por Saint Germain o por el Quartier Latin, y cree que pisa el mismo suelo que pisaron ellos. Y piensa que si no bebe mate, no fuma en pipa ó no tiene anigos toreros, su mundo personal es una mierda. Y si no esnifa cada viernes, no cambia de patria como de amante ni de amante como de jersey, tampoco es nadie.
       Mi mundo, y el de cada uno, es en parte impuesto, en parte postura. Yo no elegí mi nombre (Dios sabe que no) ni el color de mi pelo ni la largura de mis piernas. Podría no gustarme el fútbol, ser ingeniero, conducir un Cadillac. Pero todos los que queremos escribir, pintar ó cantar, pronto nos damos cuenta de que necesitamos de un mundo propio tan propio que sacrificamos un poco quién somos. Y lo demás lo inventamos. Sabemos que un universo propio con mucha fuerza puede impregnar de una esencia única todo lo que escribamos. Y sin duda parece más único ser hijo de un pastor luterano que de un abogado fiscalista, pero cada uno hace lo que puede.
        Se trata de escoger esos datos que convierten nuestro ser en más literario y más especial que los demás. No puedo evitar verlo como un ejercicio de escritura más. Tejer una buena historia vital por si la revista Times algún día quiere entrevistarnos. O para llenar una buena contraportada. Admitir sonrojados que leímos a Nabokov con apenas diez años o haber tenido contacto intelectual con alguno de los grandes, antes de que fueran grandes. Y si no disponemos de nada de eso, revelar alguna fobia o una desgracia profunda. ¿De eso se trata? Con quién estudié, en qué pueblo nací, si mi hermana era una cretina o si tuve un padre tiránico es lo que define cómo escribo? Todo eso explica cómo soy, pero no porqué soy, y es tan ajeno a mi yo literario como lo será para mis futuros lectores, tan sólo carne de fetiche.
      No espero que mis profesoras de primaria publiquen sobre mi alter ego párvulo, que no difería demasiado de los demás salvo por comer pegamento y parecer más un párvulo que una párvula. Y me da escalofríos pensar que algún día mis hijos puedan organizar visitas a mi casa, o subasten mis libros y mis queridas notas al margen. La ventaja de ser mujer es que probablemente no exista un viudo que administre mi fortuna, aunque tampoco creo que haya mucho que administrar. Espero que lo remarcable de mi literatura no recaiga en quién amé o donde viví, pero entiendo también que es imprescindible construir nuestro pequeño universo para disponer de una identidad que no se resquebraje línea a línea, texto a texto.

Derecho Natural


Las pistolas esclavizan. Marta lo escribe en la pared. Retrocede y duda. Imagina su pie en un bordillo y vuelve a dudar. Añade: sólo al ignorante.

Granada 1919

El primer libro de poemas que manoseé es el Libro de Poemas (1921) de Lorca, propiedad de mi madre, editado a mitades de los 70 y de la mítica colección Austral. No sabía quién era Lorca, pero me divertían las palabras chopo, alma y cabrío. Aprendí de memoria Lluvia y me parecía que 1919 era un lugar muy lejano en el tiempo. 
Lorca siempre significa mi casa, mi español tierno a los 12 años. Todo lo que no comprendía pero que percibía como importante. El misterio de leerlo y el orgullo de confesarlo. Y Releerlo tantos años después, porque sólo es real el que regresa.

Orfanato. Parte I

Daniel siempre había sabido que ese era un lugar especial. No era el crujido de las hojas secas al partirse, ni el olor a tierra húmeda y a tarde de domingo. Tumbarse en ese tejado significaba desoír la voz de Alberto, subir adónde las quejas rotas no le alcanzaran.

Si había suerte y esa noche había llovido, se apreciaban al fondo las figuritas al pie de la iglesia. Esos niños no sabían de la existencia de Daniel, y eso, lejos de enojarle, le divertía. Podía ser invisible, aunque fuera a ratos y sólo para algunos ojos. Sabía que cruzadas algunas de las grandes avenidas, el chaleco y las botas se convertían en un disfraz. Y ese poder le fascinaba. Nadie le conocía y podía descubrir qué se sentía al pasear cerca de los plátanos y las tiendas caras de dulces.

El asalto

La había visto alguna vez, de eso estaba seguro. En el café o frente a la floristería de la esquina, no se acordaba del todo bien. Pero no era la primera vez que se encontraban. Y Ésta vez, no fue ella lo que llamó su atención. Fueron sus manos, que sostenían un ejemplar de La ciudad y los perros. Pensó en si se habría fijado en ella de no haberle atacado ese pedazo del universo en plena calle. Ciertamente él lo consideraba un ataque, un asalto. Fantaseó con la idea de que ella portara el libro al revés para que un posible transeúnte -quizá él- se fijara en su lectura y la abordara. Un café, una copa, el amor. Luego le convenció más como maestra de escuela, la que mataría en él la desidia necesaria para vivir en esta ciudad.
En los siguientes días no apareció. Sería absurdo afirmar que desapareció, porque para ello tendría que haber aparecido primero, y eso no es lo que hizo, como mucho se reveló. Y el asalto le rondaba más de lo que hubiese sido sano admitir. Soñaba con los ojos del pequeño militar, escrutándolo desde la portada, y en cómo le repetía que su nombre era Pantaleón, hasta que despertaba con el impulso irrefrenable de comer olivas.
No había vuelto a comer olivas desde el día de su boda. Lucía se empeñó en sustituirlas por nueces, alegando una serie de beneficios cerebrales que él no sabía si no quería o no podía entender. De pronto la imaginaba con el pelo recogido y dentro de la bata blanca, y la convertía en su padre. Pero no pensaba en Lucía cuando comía olivas, aunque fuera de manera agresiva, ni siquiera irada. Cuando comía olivas sólo podía pensar en Pantaleón.
Pantaleón como el marido celoso, como el hermano, el amante, el hijo. Pantaleón y las olivas. Pensó algunas veces en rastrearla, pero se sabía poco constante. Un tipo como él no perseguía muchachitas.

Siete días

Le gustaba el fresco que le recorría los pies cuando andaba descalza por la casa.
El tacto entrecortado de la piel cubierta de sal.
Hasta había empezado a apreciar el alboroto en el pelo, que delataba las cabezadas sobre la hierba.
Aun podía esculpir, si cerraba los ojos bien fuerte, todos los rasgos del bajista. Sus manos, sobretodo sus manos, que a él le parecían tan toscas,  ella las recordaba si el viento le erizaba la piel.
En el patio, cerca del naranjo, crecía un arbusto de importación.Cuando se instalaron apenas era visible, pero ahora se agigantaba en medio de la parcela. Jaime quería cortarlo.
Quería plantar algo más apropiado, más justo como le gustaba decir. Pero el arbusto se las arreglaba para sobrevivir a los constantes ataques de desalojo. A la sal, a las altas temperaturas, a algún que otro tijeretazo.
Y a ella le divertía presenciar esa lucha, que Jaime nunca reconocería pero que constituía cierta amenaza para su marido, la advertencia de que el equilibrio nunca es del todo posible.

 Entre tanto, la libreta negra estaba a todas horas sobre su mesita. La recordaría para siempre en el lado opuesto de la cama, velando las noches de Claudia, que nunca quiso guardarla, ni encerrarla en un cajón.
Existía un pacto implícito entre ellos que no le permitía a Jaime abrir esa libreta. Algunas veces, cuando se encontraba a solas en la habitación y se daba cuenta de su presencia, se sentía desafiado.

porque al principio fue el verbo

Porque al principio, como siempre, fue la palabra.